22/1/17

Voraz hambre


La idea de este relato la tuvimos Carla y yo para un proyecto hace tiempo. Yo escribí esta parte, que está colgada en su blog y ella Ocaso, la segunda, que está colgada en este blog. Me gusta tanto que he querido copiar las dos partes seguidas para que podáis leerlo de seguido. Lo que está en cursiva es lo que escribió ella. Disfrutadlo.

El hambre gime en sus estómagos como un niño lastimero y abandonado. Ni siquiera recuerdan el sabor dulce del pan. Lumos bebe un trago de agua y mira a su compañera, acurrucada en un rincón del refugio, demacrada.

Si alguien les hubiera dicho meses antes que iban a encontrarse en tal situación jamás le hubieran creído. Habrían pensado que eran tonterías, locuras de un desequilibrado. Jamás hubieran pensado que acabarían de aquella manera. Manía tenía la mirada perdida, quién sabe lo que pasaría por su cabeza. Antaño había sido una muchacha risueña con la cabellera dorada; tras la guerra se había cortado el pelo, que había perdido el brillo y el color de tiempos mejores. Hablaba por los codos y siempre tenía palabras de ánimo para todo el mundo. Sin embargo, tras los últimos acontecimientos se había vuelto taciturna y callada, muy reservada; sobre todo después de lo que pasó con Feall semanas atrás... El corazón de Lumos aún se encogía al recordarlo.
 
Lumos mira una vez más el mantel vacío que tiene a su lado. Antes aquel trozo de tela era motivo de gran alegría. Aún se acuerda de cuando su madre lo sacaba para meterlo en una gran cesta de mimbre, anunciando así que se iban de picnic a un bonito parque que había cerca de su casa. De camino siempre pasaban por casa de Manía y la recogían para que las acompañara. A Lumos aún se le hace la boca agua al pensar en los suculentos platos que su madre preparaba para esa ocasión. El estómago rugió una vez más, y aquel sonido molestó a Manía, logrando sacarla de su aturdimiento.

¿Podrías dejar de hacer ruido? —farfulla, mirándola con ojos desquiciados.

—No puedo evitar tener hambre, maldita sea —contesta, enfadándose—. Joder, no es mi culpa que me rujan las tripas.
 
Manía suelta una carcajada fría e hiriente que hace estremecer a Lumos; es un sonido lleno de locura.

—¿Ah, no? ¿Estás segura? —pregunta y el sarcasmo de sus palabras le muerde con dientes ponzoñosos—. ¿Por culpa de quién tuvimos que escondernos? ¿Quién fue el traidor? ¿Y quién insistió en que esa escoria humana viniera con nosotras?

—¡Eso es totalmente injusto, Manía! —grita, poniéndose en pie. A pesar del hambre tenaz, la furia aún conseguía proporcionarle fuerzas—. ¡Me duele más que a ti que jugara con nosotras! Al menos él fue afortunado y no tuvo que aguantarte más tiempo del necesario.

—¿Aguantarme a mí? ¡Se fue porque tú no dejabas de quejarte de cada maldita cosa! Todo el puñetero día lamentándote de todo, como si esta situación no fuera ya lo suficientemente horrible —Manía siente que la ira invade cada fibra de su ser— ¡Haberte quedado en casa para morir con tu familia! Sabías lo que pasaría si venías conmigo, a lo que te enfrentabas ¡y él también! 

—Ojalá me hubiera llevado con él, al menos no hubiera pasado hambre. ¡Me estoy volviendo loca! No puedo ni pensar por culpa del dolor de tripa —Lumos no puede evitar volver a lamentarse. Tiene tanta hambre. Ni siquiera quedan ratas ya, habían acabado con todas las del edificio desde hacía días.
—¿Tú te estás volviendo loca? —a Manía empezaron a invadirle las ganas de matarla. Presa de un oleaje de maquiavélicas emociones, no puede evitar recorrer su frágil cuerpo con la mirada, deteniéndose en cada miembro, pensando en cómo se sentiría al morderlo. ¿Sabría tan bien como la carne de vaca? —¡Yo sí que me estoy volviendo loca escuchándote! Y como no te calles te prometo que te mato. 

Lumos se asusta al ver la expresión de su amiga. Está llena de odio, de rabia y... de algo que le produce escalofríos. Coge el cuchillo que llevaba siempre consigo, como método de protección, y traga saliva. Lumos conoce desde hace tanto a su amiga que sabe cómo puede reaccionar cuando la furia le invade aunque, en tales circunstancias, no sabe de qué dimensiones está hablando. ¿Qué sería capaz de hacerle? Cuando tenían catorce años había cometido el error de llevarle la contraria una vez y, como consecuencia de tal error, le rompió el brazo. Esta vez su novio le había traicionado. Lumos había vuelto a cometer un error.

—Tienes que calmarte, Manía. Yo no he hecho nada y lo sabes. Respira hondo, ¿vale? Por favor. No te enfades. 

La tripa de Lumos vuelve a rugir y suena tan feroz como el de un león. E intuye que aquello va a tener unas funestas consecuencias.

—¡¿ES QUE NO SABES CALLAR A ESE MALDITO ESTÓMAGO?! Ya no lo aguanto más. Si no lloras por el traidor de tu novio, te ruge la tripa por el hambre. ¡YO TAMBIÉN TENGO HAMBRE! Pero no me quejo, no. En cambio tú, no puedes parar de gimotear —la voz de Manía cada vez va adquiriendo un tono más burlón y ponzoñoso—. ¿Se te ha olvidado que yo fui quien nos salvó la vida? Si no hubiera sido por mí, POR MÍ, estaríamos muertas desde hace días. Mientras tu novio nos vendía a esos cerdos te quedaste quieta, gimiendo y arañándote la piel. ¿Y qué hice yo? Conseguí que siguiéramos con vida. ¡TE SALVÉ LA VIDA! ¿Así me lo agradeces? ¿Siendo una niñata que no es capaz ni de quedarse calladita? Me das asco —Manía se acerca a ella y, aprovechándose de las pocas fuerzas de su amiga, le arrebata el cuchillo.

Lumos, asustada, trata de levantarse pero su amiga le pone la zancadilla para impedirlo. No puede evitar mirarla a los ojos, tratando de descubrir qué es lo que pasa y, lo que se encuentra, le produce pavor. La mirada de Manía está llena de locura, de rabia, de furia... de muerte. 

—Manía... qué vas a hacerme. Por favor, párate a pensarlo por un momento. Por favor. Te lo suplico.

Manía no la escucha, su cabeza solo oye al susurro de la locura. «Mátala. Mátala. Imagínate cómo debe saber su blanca y tierna piel. Mátala. Es su culpa todo. Debe pagar por ello». Manía acaba sucumbiendo a sus pensamientos y, con saña, le clava el cuchillo siete veces en su estómago. Una. Y otra. Y otra vez. Cada vez se siente mejor. Cada grito agónico de su amiga es un regalo para sus oídos. Lumos patalea con las fuerzas que le quedan. Le araña. Le muerde. Trata de escapar. Pero Manía tiene el cuchillo y Manía aún tiene fuerzas para pelear. Y Manía es la que siempre ha tenido que aguantar las quejas de esa niñata. 

—No te preocupes, Lumos, sólo estoy haciendo lo mejor para las dos —su voz da escalofríos, y Lumos ya no puede oírla. 

Manía echa un vistazo al cuerpo de su amiga y suelta una carcajada al comprobar que está muerta. Al fin tiene comida. Al fin puede callar a su estómago. Con el cuchillo lleno de sangre, decide cortar su frágil y delicada mano. Sin poder esperar, y con el hambre aprisionándole el estómago, da un mordisco al miembro, disfrutando de cada segundo. ¿Quién iba a pensar que su compañera estaría tan buena? Tendría que haberle hincado el diente hacía mucho tiempo. Poco a poco Manía va cortando pequeños trozos del pequeño y cadavérico cuerpo. Limpia los huesos y se mancha la cara con su sangre, pero a ella no parece importarle. En lo único en lo que puede pensar es en que al fin se está alimentando. 

Mientras mordisquea el bíceps de su amiga, sonríe llena de satisfacción. Al fin había servido de algo esa estúpida.  



Despierto con el olor de la muerte quemándome en las fosas nasales. Antes de abrir los ojos y enfrentarme a la dura realidad que sé que me está esperando, separo los labios para tomar aire y noto un sabor extraño en la boca.
 
Abro los ojos. Todo está lleno de sangre seca y me pregunto por qué. No soy capaz de recordar nada. O quizá sí, quizá sí lo sea, pero un molesto zumbido en mi cabeza, semejante a un enfurecido enjambre de abejas, me impide saber qué se esconde tras la arena que cubre mis pensamientos. 

Hay algo tirado en el suelo, desmadejado, abandonado como una muñeca rota. Puede que el zumbido en mi cerebro lo provoquen las moscas que velan aquello, plañideras bien pagadas que no abandonan su cometido. A pesar del leve temblor que se ha apoderado de mi cuerpo, me pongo en pie y camino. Un paso, otro. Oh, joder, sea lo que sea esto, lleva en las manos negras de Hades mucho tiempo. Mi estómago da una vuelta de campana, se remueve; no me extraña que quiera huir ante una escena tan grotesca. Sí, tengo que salir de aquí. Debo salir de aquí o acabaré vomitándolo todo, hasta el último recuerdo de mi existencia.
 
Una parte semienterrada en mi cerebro parece despertarse: Es peligroso salir ahí fuera, me recuerda, y en un acto casi reflejo recojo el cuchillo ensangrentado que alguien ha olvidado en el suelo. Por si acaso.
 
Abandono el cuerpo y el fuego consumido y el suelo bañado en un mar rojo. Salgo de esa especie de refugio, que parece más bien una macabra escena de una película de terror, y busco la forma más segura de alejarme de allí.
 
 
Hay un incendio en el cielo. El sol está quemando las nubes y el brillo intenso de sus rayos moribundos me hace entrecerrar los ojos. Cuánta luz. En aquel lugar, con el cuerpo putrefacto, la noche parecía eterna.
 
Hago una rápida revisión de mis víveres y lo primero que pienso es que necesito agua. Debo encontrar un río como sea o no sobreviviré. Me sorprende, sin embargo, no estar hambrienta. No soy capaz de recordar cuál fue mi última cena.
 
Empiezo a caminar con la idea del agua fresca y cristalina rondando mi mente, pero sin un rumbo fijo que seguir. No sé en realidad a dónde se dirigen mis pasos y el sol comienza a caer. Quizá debería buscar un lugar donde protegerme hasta que vuelva a ser de día.
 
Oigo ruidos tras de mí. No le doy especial importancia; al fin y al cabo estoy en un bosque. Esto debe estar lleno de animales ruidosos. Sin embargo, aprieto el mango del cuchillo en mi mano, lo que me aporta cierta seguridad. 
 
Sigo caminando y mi cerebro comienza a formularse preguntas. Si no estuviera tan preocupada por encontrar agua y refugio, el cadáver que se descomponía en el lugar donde me he despertado sería un problema sobre el que pensar. Malditos árboles. ¿Por qué hay tanta vegetación pero ningún río cerca? ¿Y por qué sigo viva si no tengo agua, ni comida, y quienquiera que estuviera conmigo está muerto ahora...?
 
Eso no era un animalillo indefenso del bosque. Esta vez lo he oído con claridad: pisadas, pisadas humanas. Alguien me está siguiendo. Miro a todos lados. Trago saliva. Bueno, calma. No te pongas nerviosa. Apresuro el paso; necesito encontrar un lugar seguro o dar esquinazo a quien venga detrás de mí. A la mierda el agua. Lo que me importa ahora es estar a salvo. Sin embargo, los pasos se acercan y aunque sé que es mala idea, echo a correr. Estúpida, has dejado que te cazaran. Si Lumos te viera ahora...
 
Tropiezo. El suelo está despejado, no hay ninguna rama suelta que pueda toparse con mi pie, no tengo los cordones desatados... Pero tropiezo. Podría jurar que una sombra roja y negra me ha puesto la zancadilla, pero en el fondo sé que he caído derribada por el peso de los recuerdos. Y es que un furioso huracán ha barrido el lodo que me impedía rebuscar en mi memoria; lo ha dejado todo limpio y transparente como el cristal.
 
Grito. Mi cuerpo convulsiona y devuelve a la tierra lo que un día fue parte del suyo. Mis manos se convierten en garras afiladas que arañan con desesperación la carne desnuda de mis brazos. Sé que alguien oirá mis gritos tarde  o temprano y vendrán. Sí, entonces vendrán. Vendrán y me matarán, porque una noche eterna es lo mínimo que merezco.
 
Pero la veo. Constantemente la veo. Ella, con el cuerpo demacrado por mi hambre voraz, mirándome con unos ojos vacíos de vida y llenos de reproches. Son sus ojos muertos los que observan cómo cojo de nuevo el cuchillo, aún manchado con su sangre seca. Es su sonrisa putrefacta la que se dibuja en su rostro de Infierno cuando grito, cuchillo en mano, el nombre de la muerte.

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