5/4/17

Estaré bien

Estoy sentada en ese banco viejo de madera que tanto me gusta y desde el que se ve el mar. Me gustaría cerrar los ojos y concentrarme en el ruido de las olas rompiendo contra las rocas, pero temo que, al hacerlo, me pierda algo. Hoy es uno de esos días grises que tanto me gustan, en los que el sol se esconde y deja que las nubes cobren protagonismo, dándole al ambiente un toque especial. Mis pies me han traído hasta aquí. He salido para despejarme y he caminado sin un rumbo fijo, solo me he dejado llevar. Y he acabado aquí. En el banco del acantilado, al lado de un solitario árbol lleno de flores rojas.

Me muerdo el labio, como siempre hago cuando estoy nerviosa, y me da rabia porque no quiero estarlo. Necesito dejar de pensar, apagar mi cerebro por unas horas y que solo se deje llevar. Necesito que olvide lo que ha pasado, que lo almacene en un rincón de la memoria, que eche la llave y que no vuelva a hacerme pensar en ello nunca más. Necesito que deje de estar en mi cabeza.  Necesito descansar. Necesito que te vayas.

Pero es innevitable que no recuerde las últimas palabras dichas, la discusión a gritos que tuvimos por una tontería. Es imposible que mi nariz olvide tu olor a menta o que mis manos no recuerden tu piel. Lo que si ha olvidado es por qué empezamos a discutir. Quizás fue porque tú llegaste tarde o porque a mí se me olvidaron las llaves. Aquella discusión fue causada por las palabras no dichas en semanas, por todo aquello que nos habíamos callado por amor y que decidimos gritarlas una noche de marzo a la una de la mañana en una plaza vacía a raíz de una tontería. Recuerdo lo último que dijiste. Y también lo que dije yo. Fue una sentencia por ambas partes de que lo nuestro tenía un punto y final que se abriría, como una cicatriz, de vez en cuando pero que acabaría cerrándose.

Me levanto del banco porque tengo frío y echo a andar a casa. No sé si estaré bien hoy. O mañana. O pasado. Pero sé que en algún momento lo estaré.


PD: relato hecho por culpa de unas canciones de The lumineers .

26/3/17

Te veo. 

Estás ahí, entre la multitud que espera ansiosa a que las guitarras comiencen a sonar, dando por iniciado el concierto del sábado. Te observo desde la lejanía, intentando volver a respirar porque, como cada vez que te tengo delante, siento que pierdo la respiración. Te revuelves el pelo, con delicadeza, y das un trago a la cerveza que tienes en la mano. No sabía si venir y, en el último minuto, decidí hacerlo porque quería verte. La gente pasa a mi lado, van y vienen de la barra del bar con sus botellas de cristal en la mano y con sonrisas llenas de disculpas cada vez que chocan contra mí por no mirar por donde van.

Estás ahí, cerca, pero soy incapaz de avanzar. Hablas con un chico que hay a tu lado y cómo desearía ser yo la persona que te hace reír y con la que compartes una mirada cómplice. No sé qué hacer. Quiero acercarme, tocarte el brazo y decirte que al final he venido, pero no quiero interrumpir la conversación. Siempre ocurre lo mismo. Me paralizo cada vez que creo que voy a molestar a alguien. Me boicoteo a mí misma. Tú siempre repites que a ti jamás te molesto pero una pequeña voz en mi cabeza te contradice y ¡es tan difícil callar a las inseguridades! El miedo siempre me impide hacer lo que realmente quiero.

Si no existiera el miedo, me acercaría a ti en este preciso instante y te saludaría con una sonrisa, te daría un beso en la mejilla y me quedaría a tu lado mientras la música llena el pequeño espacio en el que nos encontramos. Te diría que he venido porque no soportaba no verte y que no te he avisado porque quería sorprenderte. Te contaría esa idea loca que se me ha ocurrido por el camino y que sé que te encantaría oírla. Te diría que te he echado de menos.

Pero el miedo existe y me paraliza. Hace que me quede ahí quieta, mirando la multitud con el corazón yéndome a mil por hora y con la cabeza llena de dudas. Estás tan cerca pero tan lejos. Nunca había entendido esa frase hasta este momento. Te miro por última vez y me voy.

Me alejo de ese lugar. Voy a casa, me pongo mi pijama favorito y me pongo una película que hacía tiempo que estaba deseando ver. Cuando miro mi teléfono me encuentro con un mensaje tuyo en el que me preguntas si al final voy a ir. Miento. Te digo que me encontraba mal y me tapo con el edredón, dispuesta a olvidar mi torpe intento de verte.

4/2/17

Bloqueo

Siento un calambre en las yemas de los dedos. Sé lo que significa. Quieren que hagamos música juntos, que juguemos con las teclas y hablemos de aquella chica que fue al faro, quedándose ahí hasta que el sol relevó a la luna, contando estrellas y buscando su constelación favorita. Quieren que hablemos de ese chico que vaga por las calles, que lleva el pelo revuelto y una chupa que siente el peso de los años. Quieren que hablemos de esa pareja tan distinta pero a la vez tan parecida. Y de ese niño que llora en la esquina porque ha perdido a su peluche favorito. Y del perro que ladra a la luna, sintiéndose un lobo. 

Quieren que hablemos de todos pero mi mente no quiere hablar. No colabora, está encerrada en un bloqueo del que no es capaz de salir. Ni siquiera recibe con gusto a los musos. Los dedos quieren crear, quieren sacar todo lo que tienen dentro y la cabeza lucha para poder hacerlo. Pelean contra los cerrojos de su palacio de cristal. Rompen paredes, suelos, techos y ventanas. Lo despedazan, sin piedad. Pero parece que nada funciona. 

Siento un calambre en las yemas de los dedos. Está ahí. Día tras día. Pero cada vez que tocan una tecla, se quedan paralizadas. Callan. Vagan. No saben qué hacer. Quizás, algún día, retomen esa danza de la una de la mañana a la que están acostumbradas.

2/2/17

Teclas

Mis manos teclean con rápidez sobre el viejo teclado del portátil, a quien no parece quedarle ya mucha vida por delante, tratando de no olvidar todo aquellas palabras que se arremolinan en mi cabeza. A veces creo que nuestra mente es como un cuadro de Van Gogh: retorcida, rápida y curva. Tenemos tantos pensamientos ahí metidos que hay que agarrarlos con fuerza para que no escapen, para que no se esfumen porque, si eso ocurre, sabemos que una vez que se van no vuelven. 

Al rápido tecleo le acompaña una banda sonora que es igual de ágil, convirtiendo el movimiento de los dedos en un baile en el que parece que los participantes se pelean por ser los primeros en llegar a esa letra que buscan con intuicición. No saben a dónde van, pero se mueven. A veces dudan, como si no supieran muy bien qué están haciendo. Quizás es porque, precisamente, no lo saben. Antaño solían deslizarse sobre las teclas de un piano, siguiendo la pista a un metrónomo furioso que no dejaba de sonar. 

Tic. Tac. Tic. Tac.

Pero dejaron de hacerlo. Y pasó un día. Sin más. 

Miro la pantalla, observo las letras escritas y dudo en si seguir o borrar. Quiero decir muchas cosas, demasiadas, pero nunca sé cómo. Mientras miro a la pared, dejo a mi mente volar y trato de recordar ciertos momentos vividos a lo largo de mi corta existencia. No puedo evitar sonreír al acordarme de aquel día bajo la lluvia en el que tuve la tentación de ponerme a bailar debajo de ella, agarrándome a las farolas como si hubiera salido de una película de Gene Kelly. En mi mente lo hacía pero, en la realidad, permanecía en aquella entrada de ese edificio tan alto del centro, esperando a que amainase la tormenta. 

Supongo que siempre he sido un poco cobarde. Aquel día escapaba de un resfriado pero, otras veces, escapo de la decepción. Mis manos siguen tecleando rápidas, como si alguien las persiguiera. Parecen la liebre, que siempre quiere llegar a tiempo por si le cortan la cabeza. Mi mente sigue siendo un remolino que gira a toda velocidad, absorviendo todos los recuerdos... y las palabras que nunca dije. 

Ah, las palabras nunca dichas. Ese universo tan amplio lleno de perdones y te quieros que tanto nos cuesta decir a todos. Lleno de esas melodías que no cantamos en medio de la calle por vergüenza o de aquellas palabras que quedaron silenciadas por temor. Lleno de magia, vida y muerte. Es el universo fruto  de los "y si..." que tanto daño nos hacen. Ojalá dejáramos los "y si..." aun lado y simplemente nos atreviéramos.

Los dedos siguen bailando claqué, aunque van perdiendo velocidad. Murmuran letras que acaban formando historias. Escriben sobre el viento, la lluvia y la tormenta, sobre nuestros miedos y nuestros deseos, sobre nuestras esperanzas puestas en ficción. Escriben vidas que nunca existieron o que sí que lo hicieron.

Clic. Clac. Clic. Clac.

Las teclas resuenan en la habitación, advirtiendo a la gente que hay a su alrededor que ella está ahí, creando magia a través de sus dedos con palabras. Ella está ahí, sentada, dejando que su corazón maneje los dedos a su antojo. La imaginación vuela y ella se pierde en ella. Quiero ser escritora, susurró una vez. Y parece que fue suficiente, pues su mano derecha se puso en marcha en cuanto ella tuvo un bolígrafo y un papel.

Los dedos teclean. Cansados. La noche llega. El mundo se calla. Pero ellos siguen haciendo ruido.

PD: no sé qué he escrito, solo lo he hecho.