19/5/17

El jardín muerto

HADES

Él la observaba a lo lejos, tratando de no hacer ruido para no alertarla de su presencia —aunque ella siempre era consciente de ella. Estaban en el jardín trasero que él había ordenado instalar cuando supo que ella disfrutaba cuidando de las plantas. El plan no había salido del todo bien porque siempre acababan marchitánose. Aquello era el inframundo, los muertos eran enviados allí, las almas vagaban por el Aqueronte. ¿Qué esperaba que sucediera? Cuando su hermano, el señor de los cielos, le envió ahí sabía lo que hacía. Le había castigado a una muerte en vida, a la imposibilidad de creación, a la tristeza. Desde que Perséfone había llegado, todo parecía mejorar y tenía la esperanza de dejar de ser la muerte durante unas horas y ser, simplemente Hades, el hombre que quería ser feliz y hacer feliz a la persona que amaba. Pero no podía y aquellas flores se lo recordaban cada día. 

Hades observaba a Perséfone arrodillada frente a un rosal, recogiendo los pétalos que se han caído, anunciando una muerte temprana. Parecía un rayo de sol entre tantos tonos grises y azules. Su pelo castaño, brillante y adornado con flores que había traído de casa de su madre, le caía por la espalda. La túnica, de un naranja suave, la tenía remangada para no tropezar con ella al levantarse. Ella, con su alegría, sus respuestas inteligentes y su calma, conseguían devolverle un poco de esas ganas de vivir que creía inexistentes. 

Perséfone acabó girándose, como si supiera que ese era el momento adecuado, y le miró a él con una sonrisa, de esas que te llegan hasta el fondo de tu alma. A ella no le importaba que, hiciera lo que hiciera, esas flores siempre acabaran mustias y secas, que jamás florecieran como en el jardín de su madre. Siempre le decía a Hades que ya crecerían, que algún día tendrían un jardín hermoso y lleno de vida pero que, para que eso ocurriera, tendrían que tener paciencia. Y, con esa cálida sonrisa que le dedicó aquel día, parecía recordarle esas palabras. Que solo hay que tener esperanzas y luchar. Aunque eso significara enfrentarse al dios de los rayos y de los truenos. 

PERSÉFONE

Sentía su mirada atravesándola y las nauseas le hicieron una visita, como cada vez que estaba cerca de él. Tenía ganas de salir corriendo, de escapar y regresar al mundo de los vivos, pero no podía por culpa de su torpeza y de dejarse engañar por los encantos de un dios que había demostrado ser un monstruo. A ella, cuando era niña, le fascinaba la muerte, queriendo averiguar si había alguna forma de evitarla o, al menos, hacer que fuera lo menos dolorosa posible. Su madre siempre decía que era una persona compasiva. A veces, soñaba con la idea de conocer a Hades y preguntarle acerca del tema. Cuando a los dieciséis años el dios del inframundo la raptó y se la llevó con él, aprendió que hay que tener cuidado con lo que se sueña. La tentó con comida apetecible, con fruta tan jugosa que fue incapaz de no darle un mordisco, condenándose así a una vida que no deseaba. 

Él lo había celebrado como si hubiera logrado toda una proeza. Se enfrentó al resto de dioses y la obligó a casarse con él. Al principio, Perséfone intentó ser feliz, fingir que todo aquello no era en contra de su voluntad y disfrutar de los momentos en los que se la permitía volver a los brazos de su madre. Pero cada vez se le hacía más difícil. Cuando no hacía lo que él quería, Hades se enfurecía, aterrándola. Temía que un día la hiciera aún más daño o que la empujara directa al Caronte, condenada a vagar eternamente. 

Un día, arrepentido por los gritos que había dado al enterarse de que Perséfone había dejado a Orfeo que intentara llevarse a su amada —misión que fracasó, para desgracia de la pareja, por lo mucho que él la quería, no pudiendo no mirar atrás para ver si ella estaba bien—, le construyó un jardín trasero y lo llenó de flores que siempre acababan muriéndose. Ella, al ver que era imposible mantenerlas con vida más de un día, decidió tomárselo como un reto. Si conseguía salvarlas, conservándose durante días, significaría que había vencido a la muerte. Que le había vencido a él, al ser que la había raptado hacía años, alejándole de una vida que le hacía feliz y condenándole a una vida miserable. 

Todos los días, pasaba un rato en el jardín, recogiendo pétalos y estudiando maneras de conseguir que florecieran. Algo le decía que si una sobrevivía y se la comía, podría salvarse e irse de aquel lugar infernal, escapar de su carcelero. Hasta entonces, fingiría ser feliz y quererle. 

Por eso, cuando logró calmar sus nauseas, se giró y sonrió a Hades. Algún día lograría ser libre, aunque eso significara enfrentarse al dios del inframundo y a Cerbero, su perro. Hasta entonces, lo único que podía hacer era sobrevivir.


Pd: gracias a Hallvardr porque al leer la parte de Hades dijo algo que hizo que mi cerebro hiciera click y encontrara lo que le faltaba al relato, que era básicamente la perspectiva de Perséfone. 

18/5/17

La cafetería

Aquel sitio olía a rancio y humedad, siendo tan desagradable su aroma que me provocaba náuseas. Antaño, el establecimiento había sido una cafetería —por los adornos llenos de polvo y telarañas que se conservaban se podría decir que una bastante bonita—, pero ahora era un amasijo de muebles rotos, cristales, cerámica y bombillas apagadas o explotadas. 

No sé cómo acabé ahí metida. Creo que fue por uno de esos "¿a que no te atreves a...?" y por la media botella de vodka que me había bebido a lo largo de la noche. El efecto del alcohol y la posibilidad de quedar como una cobarde me hicieron prometer que iría a aquel lugar al día siguiente.
Siempre cumplo mis promesas. 

Ninguno había entrado antes y lo único que sabíamos era que llevababa cincuena años cerrado. Mis amigos comentaron, entre risas nerviosas, que algo horrible había pasado ahí. Yo sabía que se lo estaban inventando para meterme miedo o, al menos, deseaba que así fuera pero, por si lo decían en serio, obligué a una de mis amigas —Myrtha, la persona más valiente que había conocido en mi vida— a que entrara conmigo. 

Ella fue la primera en entrar, con una linterna en una mano, un bate de béisbol en la otra y una mascarilla tapándole la nariz y la boca. Yo tardé unos minutos, pues la valentía nunca ha sido lo mío, y cuando me atreví a entrar aquel olor tan desagradable me golpeó...

17/5/17

Trafalgar Square

Hay un lugar en Londres que está bajo la protección de un manco —culpa de la guerra y de aquello que voló su mano— y de leones de bronce, con una gran escalera y un museo, donde puedes refugiarte en uno de esos días en los que quieres estar sola pero acompañada de cientos de obras de arte que, parece ser, han logrado rozar la eternidad. 

Antaño, esa plaza llamada Trafalgar —por una batalla que ya no importa— estaba llena de personas, tanto locales como turistas, que disfrutaban con emoción de ese lugar que encajaba perfectamente en una ciudad tan diferente, mezcla de lo nuevo y lo viejo. Seguramente, mucha gente se sentó en las grandes fuentes, esperando no mojarse, para hacerse fotos y gritar así al mundo que habían estado ahí. 

Cuántas personas habrán cruzado aquellos pasos de cebra invisibles para seguir explorando la ciudad, visitar la librería de enfrente o cenar en un pequeño local. Cuántas habrán pisado ese suelo.

Hoy ese lugar está vacío. La grandeza del lugar sigue ahí y te hace sentir tan pequeña. El silencio invade la ciudad y la plaza, tan mágica hace ya un tiempo, resulta espeluznante. Los edificios cumplen con el deseo humano de ser eternos pero ya no queda nadie para admirarlo.

Recuerdo aquel día como si hubiera sido ayer. El sistema de alarmas de la ciudad, que no sonaba desde la segunda guerra mundial, gritó avisándonos de que el final estaba llegando y teníamos que huir para ponernos a salvo. Al norte, aconsejaban en la televisión. Casi nadie dudó a la hora de irse, aunque trataron de llevarse aquellos objetos de los que no se sentían capaces de desprenderse, siendo en muchos casos un simple teléfono con un cargador para poder ver los retazos de una vida que no volvería a ser la misma.

Yo estaba en Londres con una amiga en aquel momento. Me dijo "vámonos, volvamos a casa antes de que todo empeore" pero yo me negué. Te lo había prometido. Te dije que si algo pasaba te esperaría aquí. Y tú me prometiste venir hasta aquí para buscarme. Además, ¿mejoraría en algo nuestra situación si volvíamos? Lo más seguro era que no. Así que la vi marchar y yo me apresuré a buscar un escondite para que no me echaran de la ciudad.  

¿De qué teníamos que huir? No lo sabíamos. Lo único que decían era que el mundo se acababa y que teníamos que intentar sobrevivir. A veces, pensaba que solo era una táctica para que nos matáramos entre nosotros a causa de la tensión para acabar así con la sobrepoblación. 

No suelo encontrarme con mucha gente. Pocos nos hemos quedado y los que estamos casi no nos hablamos. No queremos hacer ni el más mínimo ruido por si algún militar, que a veces ronda la zona, nos descubre y nos echa. 

El único día en el que me atrevo a salir al exterior es el miércoles. Voy a Trafalgar y observo la plaza silenciosa que solía ser muy ruidosa y me siento debajo de la columna que sostiene al manco. Con un libro en la mano y un té templado a mi lado, observo el horizonte y espero a que, un día, al fin aparezcas a lo lejos, acercándote cada vez más hasta poder tocarte con mis dedos.